Todos amamos, vivimos y morimos. Lloramos y reímos, y caminamos a la par en este segmento vital que se nos ha asignado.
Y qué diferentes somos.

Todos amamos, vivimos y morimos. Lloramos y reímos, y caminamos a la par en este segmento vital que se nos ha asignado.
Y qué diferentes somos.

Hoy, en alguna parte, ha muerto una buena persona.
Y, aún así, habrá quien se alegre por ello.

Hay que hablarlo todo.
Que luego llega el día en que aquellas personas fundamentales se nos van al otro barrio, y quedan entonces cosas importantes pendientes de haberse dicho.

Pues sí, viajamos en el tiempo.
Lo hacemos constantemente, en ambos sentidos. Es el trayecto de los recuerdos y el de la vida misma.
También es el viaje de lo efímero, y quizá el único que importa.

Ni siquiera el azar mismo es realmente tal, ya que encierra un orden dentro del caos.
Bajo este parámetro, la naturaleza es en sí una ecuación matemática compleja donde todo nace con una función, una causa y una consecuencia.
¿Dónde queda, entonces, el arte?
Quizá solo el arte se sale de lo natural, porque parte de nuestra espontaneidad y, por tanto, es una aberración.

Nos quejamos de la mala suerte, y envidiamos a aquellos a los que favorece.
Pero es un recurso fácil.
Quizá somos nosotros, que no sabemos procesarla. Quizá a veces fallamos y somos incapaces de gestionar esos momentos íntegros en los que se nos pone a prueba.
Todos tenemos límites.

El futuro espera ahí, paciente.
Espera a que lleguemos con la inercia acumulada de los años y nos peguemos una buena hostia contra la pared última, y que de nosotros no quede más que el polvo de la verdad y la vida, alguna migaja fuera de lugar y quizá, y solo quizá, algún recuerdo digno de rescatar.

Es por las ropas, las telas y las banderas.
Cuando estamos desnudos, somos hermanos. Cuando las pieles y las ropas se tiñen de ideas, empieza la farsa.
Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. Si tan solo nos escucháramos.

Capturamos el momento, y con él la muerte del momento.
¿Quién vive?

Dicen que al principio no había nada, pero siempre hubo algo.
Es solo que no lo sabíamos.
