EL ARTE EFÍMERO

El arte y el cine tienen un truco sucio que nos encanta: nos ofrecen magia y, antes de que nos demos cuenta, ¡zas!, esta se esfuma. Las lágrimas en la lluvia que decía aquel. Son como esos encuentros fugaces que, tal como llegan, nos sacuden y extorsionan, y entonces se marchan, tan dignos ellos, dejando tras de sí algo intangible pero indeleble: el recuerdo. Y esa sombra de lo vivido es un tesoro propio: es solo nuestro, y de nadie más.

Por ejemplo, una película. La vemos una vez y quedamos atrapados en el ámbar de las emociones: asombro, ternura, nostalgia, admiración, empatía, nostalgia, euforia, miedo, expectativa, tristeza, alegría, confusión, melancolía, ira, frustración, plenitud. Somos insectos fáciles de camelar. Pero cuando los créditos finales ruedan y nos expulsan de la fantasía, las emociones se transfiguran y el mundo se convierte en un otro lugar.

Ya no estamos frente a una pantalla. La ilusión se ha roto, y la sombra que nos mira por encima del hombro es la de las emociones que se quedan con nosotros.

Esto me recuerda a ese experimento que propuso Josef Albers a sus alumnos de la Escuela de Diseño de Yale: reproducir de memoria el rojo de la Coca-Cola. Todo el mundo sabe de qué rojo hablamos, pero nadie logró recrearlo de forma exacta porque el color, al igual que las emociones, no existe en un vacío. Cambia según el contexto, según lo que lo rodea, y según quien lo mira. Al igual que en cualquier manifestación artística, lo que percibimos no es solo una imitación de la realidad, sino una interacción entre lo que está ahí y lo que llevamos dentro. Las emociones que nos deja el cine, así como el color que buscaban reproducir los alumnos, nunca son idénticas, pero siempre son irrepetibles.  

Esa es, quizá, la paradoja del arte efímero: su fugacidad no lo hace menos poderoso, sino todo lo contrario. Nos obliga a estar presentes, a vivirlo intensamente antes de que se escape. Y cuando se va, nos deja con ese eco personal, con ese fantasma amable que nos acompaña. Nuestro recuerdo no es de lo que vimos y escuchamos, sino el de las sensaciones que nos produjo.

Por eso, el arte no busca que todos lo experimentemos igual, sino que cada uno lo haga suyo. Está por encima de lo bueno y de lo malo. Y creo que ese es su regalo más grande: transformar lo fugaz en eterno, pero no en el mundo, sino dentro de nosotros. Porque al final, lo efímero no se pierde. Se queda, vivo y cambiante, dentro de cada uno de nosotros.