Abrirse camino entre la vorágine de libros publicados cada año es una proeza titánica. Inés Gordo Puertas (Málaga, 1983) acaba de publicar La Poda, una historia sobre linajes familiares y los fantasmas que emanan de la sangre, que irrumpe como un destello de brillantez en un panorama empantanado por el ruido. Una propuesta íntima y personal que se abre paso gracias a la calidad de su prosa y a su capacidad para transitar con naturalidad entre lo real y lo fantástico. Un territorio literario fértil, lleno de preguntas y ecos, en el que merece la pena detenerse y escuchar con atención.
Podéis conseguir la novela aquí.

En La poda, el linaje familiar es la base de la historia, pero la maternidad ocupa un papel fundamental. Escribiste esta historia justo después de ser madre por segunda vez. ¿Cuánto hay de ti en la protagonista?
En todos mis libros hay, al mismo tiempo, mucho y nada de mí. Escribí La poda en un momento vital muy concreto. Mi mundo se reducía casi por completo a criar, y la escritura se convirtió en un espacio de evasión, pero también de exploración. Recuerdo que, hace unos años, en el Festival de Cine de Málaga, escuché a David Trueba decir que uno escribe siempre sobre lo que conoce. Entonces empezaba a descubrir la intensidad de la maternidad: cómo transforma física y mentalmente, las dudas constantes, la sensación de aprender sobre la marcha. Nadie te prepara del todo para eso; la crianza es profundamente instintiva e intuitiva. Por eso construí una historia que dialogara con lo que vivía. Hay similitudes evidentes entre Irina y yo, y también entre la familia que ella forma y la mía, pero La poda no es autobiográfica: hay mucha magia, fantasía y elaboración literaria.
La historia se articula a distintos niveles narrativos: presente y pasado se mezclan, al igual que las miradas y los distintos tiempos verbales, además de las capas intertextuales como los pasajes del manuscrito de Irina que abren cada capítulo. ¿Es solo un recurso formal, o responde a una búsqueda consciente?
No es solo un mecanismo narrativo. La estructura responde a una búsqueda interior muy concreta. La historia no podía contarse de forma lineal porque la memoria y los recuerdos tampoco lo son. El pasado irrumpe constantemente en el presente y condiciona la manera en que nos comportamos. Los cambios de tiempo verbal y perspectiva reflejan la inestabilidad de Irina. Ella intenta entender quién es, de dónde viene y qué partes de su herencia familiar quiere conservar o podar. El manuscrito que escribe funciona como un espacio de conciencia donde puede nombrar lo que todavía no afronta en la vida cotidiana. Más que un juego formal, la novela se construye por capas porque así funciona el proceso de comprensión personal de la protagonista: avanzando y retrocediendo, mezclando recuerdos, observando y reflexionando.
¿Cómo nació la historia? ¿Cuál fue el gérmen inicial que te hizo ver que había una novela que contar?
No fue un proceso inmediato. Era verano, en el pueblo donde transcurren casi todas mis historias. Todo empezó con una conversación con mi hija en la piscina, la del «viento chulo» que abre la novela. Me hizo gracia que ella se fijara en cómo se movían las ramas y que lo describiera así. A partir de ahí escribí un texto que envié a El País. Y había algo más: el verano anterior había muerto mi única abuela, y era el primer verano en el pueblo sin ella. Todo se me hacía extraño. Sentía su ausencia y algo latente me empujaba a escribir. Por las noches redactaba fragmentos que, con el tiempo, comprendí que necesitaban estructura y profundidad. Ahí supe que había una historia que debía convertirse en novela.
Durante el proceso, ¿descubriste algo sobre ti misma que se filtrara en la novela? ¿Hubo un crecimiento personal al poner la palabra «fin» al manuscrito?
Sí, aunque no de manera consciente. Mientras avanzaba, me di cuenta de cómo ciertas dinámicas familiares se heredan sin cuestionarlas. La escritura me obligó a mirar con atención. Observaba a otras madres en el parque, comparando su manera de criar con la de sus propias madres. Muchas de esas preguntas acabaron filtrándose en la novela: qué repetimos sin querer y qué estamos dispuestas a podar. Escribir la palabra «fin» no supuso una revelación inmediata, pero sí una forma de comprensión sobre mi propia manera de criar.
Tras cuatro novelas publicadas bajo el seudónimo de Brenda Wallace, La Poda es el primer trabajo que firmas con tu nombre. ¿Supone eso algun punto de inflexión en tu obra?
Durante mucho tiempo, escribir como Brenda Wallace fue una forma de protegerme, un lugar desde el que podía explorar ciertas historias sin exponerme del todo. Con La poda sentí que esa distancia ya no tenía sentido; el libro nace de un lugar mucho más íntimo. Más que un cambio de identidad, lo vivo como un gesto de madurez. No reniego de lo anterior, pero La poda marca un punto en el que asumo la escritura como un espacio propio, sin máscaras.
El vínculo entre memoria, naturaleza y emociones es muy potente en tu prosa. ¿El lenguaje surgió de forma intuitiva o buscabas una voz concreta?
La historia pedía una voz ligada a la memoria sensorial, a la naturaleza y a las emociones, y fue imponiéndose casi sola. No busqué un estilo desde cero; traté de depurar la voz para que las emociones y la memoria encontraran su propio ritmo. Esa fue la búsqueda consciente durante la escritura.
En tus obras hay un componente fantástico que aflora, y La poda no es una excepción. Comienza como drama y termina abrazando el terror. ¿Crees que el fantástico permite hablar de lo cotidiano mejor que el realismo?
Sí, absolutamente. Lo fantástico o simbólico permite tratar experiencias y emociones que no siempre encuentran cauce en el realismo. Hablar de daño o herencia emocional a través de lo mágico no suaviza, sino que puede ser más preciso. En La poda, lo fantástico surge de la tradición y la superstición, como prolongación de lo real. El terror del tramo final no es un cambio de género, sino una consecuencia lógica de lo que ya estaba desde el principio.
La novela gira en torno a la memoria como forma de preservar el linaje y al amor como pieza indispensable de los vínculos. ¿Qué tipo de amor exploraste y qué papel juegan los recuerdos?
La poda no solo recuerda hechos, sino memoria emocional. Cuando los recuerdos se pierden, los vínculos se debilitan y la identidad familiar se rompe. El amor es indispensable para esa transmisión, pero no hablo de un amor idealizado, sino complejo, que convive con daño y miedo. La novela plantea revisar ese amor, preguntarse desde dónde se ama y qué consecuencias tiene, especialmente dentro de la familia. Preservar el linaje implica recordar con honestidad para elegir qué conservar y qué dejar atrás.
Cuando los recuerdos se pierden, los vínculos se debilitan y la identidad familiar se rompe. Preservar el linaje implica recordar con honestidad para elegir qué conservar y qué dejar atrás.
¿Somos responsables de revisar o romper con lo heredado, incluso cuando forma parte de quienes somos?
Es una de las cuestiones centrales del libro: no somos responsables de lo que heredamos, pero sí de lo que hacemos con ello. Revisar lo heredado implica cuestionar aquello que nos ha dado identidad. La novela no ofrece soluciones cerradas, pero plantea asumir esa responsabilidad, especialmente al convertirse en madre.
Irina escribe para entenderse y sobrevivir. ¿La escritura puede ser una forma de salvación, aunque no lo solucione todo?
Sí. Poner palabras al dolor permite verlo con perspectiva. No borra ni repara automáticamente, pero acompaña. Para Irina, escribir es una manera de no desaparecer y de no dejarse atrapar por lo que desborda.
¿Qué te gustaría que sintiera el lector al cerrar La poda?
No busco respuestas, sino provocar reflexión sobre qué historias familiares nos han construido, cuáles seguimos repitiendo y cuáles estamos dispuestos a cambiar. Si invita a detenerse, recordar y cuestionar con honestidad, ha cumplido su propósito.
Después de escribirla, ¿sientes que has podado algo en tu forma de escribir o mirar?
Sí. Aprendí a confiar más en el ritmo de la escritura, a mostrar más, explicar menos y dejar espacio para que el lector complete lo que se intuye. Ana Bustelo, durante la edición, me ayudó a entender que para escribir mejor también hay que podar lo superfluo.
La Poda está disponible en Amazon.







































