¿QUIÉN DIJO MIEDO?

Leo protestas y discusiones acerca de la nueva serie de Mike Flanagan, LA MALDICIÓN DE BLY MANOR, y me da por pensar en Roger Corman. No por la calidad de la serie misma, que también, si no por la reacción negativa que ha producido en una parte del público que, quizá, esperaba otra cosa.

Parece ser que la anterior temporada de la exitosa serie de Netflix daba miedo. No discutiremos sobre eso aquí y ahora, aunque es cierto que debajo del drama familiar más bien inocuo que se contaba en LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE se agazapaba una historia clásica de fantasmas puesta ahí para intimidarnos, para dejar su constancia con sus apariciones, sus sustos y sus golpes de efecto. De hecho, durante los diez capítulos que duraba la temporada, la búsqueda de ese efecto parecía el objetivo de la serie en sí, apelando de forma constante a recursos gratuitos para lograr tal fin. El drama humano, si eso, tal.

La cosa es que de tal éxito tal secuela, y si aquella vez quiso Flanagan profanar el clásico de Shirley Jackson para contar su drama familiar, esta vez se ha venido arriba y ha elegido un título más mayor como es La vuelta de tuerca, de Henry James. Hasta aquí, todo bien.

Pero las gentes de Netflix saben que dos sustos venden mejor que un beso, y si éste es casto más todavía, así que para la promoción de la-serie-más-esperada-del-año de esa semana optaron por vendernos de nuevo la anterior HILL HOUSE, con sus sustos y sus fantasmas y sus golpes de efecto, y ya estaba el plato servido. No importa que su creador nos explicara antes y con afán pedagógico que lo que íbamos a encontrarnos en Bly manor no era una historia de terror al uso, si no una historia de amor en la más anclada tradición gótica. «Lo que distingue a BLY MANOR es que, en esencia, es una historia de amor. Una historia romántica gótica», dijo.

Nadie escucha a los verdaderos autores, al menos no a priori, esto está demostrado, porque aferrarnos a una trampa de promoción diseñada para atraparnos es un ejercicio mucho más seguro, por aquello del ansia y de las expectativas. Así que pienso en Roger Corman. Pienso en Roger Corman cuando decía que en los trailers de sus producciones introducía aposta planos de persecuciones, disparos y explosiones que no existían en el montaje final para hacerlas más atractivas, que «para cuando la gente entre en el cine y se dé cuenta de que todo eso es mentira será ya tarde, porque ya habrá pagado la entrada», y me doy cuenta de que todo es realmente un circo, y que el pescado ya estaba vendido.

LA MUJER QUE LO PERDIÓ TODO

Network ha reeditado THE WOMAN EN BLACK, dirigida en 1989 por Herbert Wise y escrita por Nigel Kneale según la novela de Susan Hill, y eso es una buena noticia. Es una edición extranjera, cierto, y no tiene audio ni subtítulos en castellano, lo cual va a generar lamentos y quejas por parte de algunos aficionados. Pero así son las cosas, al menos de momento, y ésta es la manera, y a la vista no hay otra, de recuperar y disfrutar este título esencial de la televisión británica.

En un tiempo en que el género de terror necesita de la coartada cultural para ir por delante y recibir laureles y vitores, es de aplauso recuperar esta historia trágica que lo apuesta todo en la sugerencia, en la tensión, en una atmósfera bien creada que se basta y se sobra con dos escenas puestas en su sitio para meternos el miedo en los huesos. Tanto Hill —en el texto original, heredero de las texturas de M. R. James— como Kneale y Wise conocen los mecanismos del género y respetan a sus mayores, presentando una situación emblemática por familiar (el arranque no está tan lejos del del Drácula de Stoker, o del de La vuelta de tuerca de James) y efectiva por su proximidad humana. El retrato de un entorno cotidiano, poblado de unas gentes ordinarias que se enfrentan a diario con sus vidas, aporta el tejido indispensable sobre el que trasladar lo fantástico, lo inusual, ese lugar incierto donde lo terrorífico aflora de pronto y nos sorprende.

Pero Kneake y Wise, perros viejos que saben lo que se hacen, saben también que lo fantástico no debe ser explicado, que está ahí porque también forma parte de este mundo, y es en la observación de sus efectos y en la arquitectura de la puesta en escena de donde surge el verdadero miedo. Es por eso porque la escena más comentada de The woman in black, que a la postre es uno de los jump scares más emblemáticos del género, tiene solo toda su fuerza si se la ve dentro del contexto. Porque, como en toda buena narración, lograr el efecto no es un objetivo en sí mismo, si no una consecuencia de lo bien hecho.