
Llegan tiempos nuevos, que serán viejos cuando menos lo esperemos, y cambian las formas de hacer las cosas.
Por ejemplo, ver películas.
Claro que el Covid no ayuda al tenernos aquí arrinconados, más pegados a las pantallas que nunca, obsesionados con comunicarnos con el afuera desde la soledad del adentro. Pero no todo va a ser cosa del virus.
Las plataformas de vídeo bajo demanda han llegado para quedarse. Hace tiempo que lo estamos viendo. Nos han inundado de series, de películas vistas, de otras no vistas, y también de películas que jamás serán vistas. En cierto modo recuerdan a los viejos videoclubs que amontonaban carátulas coloridas sin diferenciar la caspa del arte, destacando acaso la novedad que necesitaba ser más rentable como quien organiza el estante de las patatas fritas en el supermercado, pero poco más.
Y, oye, está muy bien. Tenemos la cultura y el espectáculo al alcance de un clic, y nos llega casi sin apenas restricciones. ¿Qué más queremos? Hace tiempo que se acabó aquello de rastrear por medio mundo aquel título casi imposible de encontrar. O aquel libro que solo estaba publicado en inglés, o aquel vinilo raro de edición limitada, ojocuidao, que esto es también aplicable a otros ámbitos. Tenemos acceso a un abanico creciente de descubrimientos que a veces son redescubrimientos pero da lo mismo, porque siempre mola reencontrarse con los amigos. Y también llegan series todos los días, series que nos encontramos dispuestas nada más levantarnos por las mañanas y que además son buenas, si no epifanías, series que son tan tan deslumbrantes que hay un momento en el que todo es bueno y ya no sobresale nada.
Y, claro, queremos abarcarlo todo. Embebernos de lo clásico, de lo nuevo y lo extraño, que mientras más muescas haya en nuestra vara mucho mejor.
Al fin y al cabo, el acceso a la cultura es un derecho, o eso claman muchos de los que curiosamente no consideran las películas como cultura, si no como un negocio, y con eso se justifican ya todas las cosas. Y ojo, que no seré yo quien tire la primera piedra.

Pero a lo que iba. Han llegado los nuevos tiempos, y todo cambia aunque parece que no lo haga, por aquello de las perspectivas y la percepción del tiempo. Las experiencias se transforman y se fragmentan, porque uno no es todos, aunque todos a veces puedan ser uno. Existen las plataformas digitales, las webs especializadas y existe Amazon. Existe el pirateo para cuando la impaciencia nos abruma, y existen los subtítulos. Esa es la gran suerte de la modernidad, que todos podemos beneficiarnos de la cultura, probarla un poco para decidir si nos gusta, y consumirla casi al instante y en las condiciones que cada uno considere las adecuadas.
Ahora bien, quizá precisamente por esa inmediatez, por la facilidad con la que podemos obtener casi cualquier cosa que busquemos, y también por nuestra falta de exigencia como consumidores, creo que estamos perdiendo esa capacidad de atesorar la cultura. Lo asequible se vuelve ordinario, y lo extraordinario se pierde en lo inmediato.