Ando leyendo El Santuario y otras historias de fantasmas, de E. G. Benson, y me siento con la energía necesaria para sostener que su penúltimo relato, titulado Monos, podría estar influenciado por El Sabueso, de H. P. Lovecraft.
Benson (1967-1940) fue uno de los grandes cultivadores del género de la literatura de fantasmas durante la época Victoriana. Por contexto, se le suele asociar con M. R. James, autor mayúsculo de cuentos indispensables como ¡Silba y acudiré! o Advertencia a los curiosos, aunque creo que comparar uno con otro, si nos ponemos exquisitos, es venirse bastante arriba. Benson no era James, por mucho que Lovecraft le dedicara unas alabanzas en su celebérrimo ensayo El horror en la literatura. Creo que su capacidad de crear atmósferas inquietantes está fuera de toda duda, y cuando toca las teclas adecuadas la cosa funciona como un tiro (por ejemplo, sus cuentos La habitación en la torre o Negotium preambulans), pero el grueso de sus relatos carece de la sutileza de los de James. La presentación de lo ominoso en Benson es menos precisa, el lenguaje más directo, y la resolución de sus historias llega a menudo de forma abrupta, incluso decepcionante visto lo sugerente de sus planteamientos. Sin embargo, eso no quita que su obra dedicada al terror sea igualmente efectiva y esté poblada de grandes hallazgos.

En mi opinión, Monos es una de esas piezas que sobresale de entre el resto. Su trama podría resumirse así: un cirujano realiza una operación experimental en un mono para descubrir, más tarde, que una antigua momia egipcia podría haber sufrido un procedimiento similar. Pronto, fuerzas sobrenaturales comienzan a manifestarse, llevándolo a un desenlace aterrador.
El cuento puede leerse aquí, aunque yo recomiendo hacerse con los dos volúmenes publicados por Valdemar que recogen parte de su obra.
La cosa es que, en Monos, se presenta una idea —un objeto robado a un cadáver— que no solo se repite en El sabueso, escrito unos diez años antes, sino que, al igual que allí, desencadena una maldición cuya fuerza está impulsada por una entidad animal. Ambas tramas culminan en un desenlace aterrador que precede a la restitución imposible del objeto robado a su legítimo propietario (o sea, devuelto a la tumba).
Me parece interesante señalar cómo ambos relatos construyen su horror a partir de la transgresión de lo sagrado. En El sabueso, Lovecraft despliega un horror basado en la maldición y la persecución implacable de los profanadores, sin la vastedad cósmica que caracteriza a otras de sus obras. Por su parte, Benson parece moverse en una clave más clásica, donde la maldición es el castigo por una osadía moral, pero sin esa sensación de fatalidad ineludible que a menudo impregna los relatos del de Providence. El horror de Benson es más cercano, más tangible, aunque igualmente fatal. Además, y en ambos relatos, la presencia maldita se deja sentir de inmediato, estableciendo un ritmo narrativo con cierta inclinación hacia la inmediatez del horror y su impacto sobre los protagonistas.
Benson era británico, y quizá había leído a Lovecraft de refilón. La obra de éste no gozaba entonces de la popularidad que tiene ahora, ya que su reconocimiento fue póstumo, pero sabiendo que Monos fue publicada originalmente en el número de diciembre de 1933 de Weird Tales, y que El sabueso lo hizo en las páginas de la misma revista en febrero de 1924, quizá tengamos ahí un nexo del que tirar.
En cualquier caso, aquí llegamos a una cuestión más amplia, que es la que nos ha traído hasta aquí: cómo unas obras pueden inspirarse en otras para crear algo propio. No es necesario que Benson haya bebido directamente de Lovecraft —como éste hizo con su adorado Edgar Allan Poe: sin ir más lejos, siempre he sostenido que su cuento Aire frío es su propia versión de El caso del señor Valdemar—, pero sí es evidente que ambos trabajaron con temas y motivos comunes, cada uno con su propia sensibilidad. La historia del arte se nutre de esta transmisión de ideas, donde ciertos tropos y obsesiones se reinventan constantemente en nuevas formas. Monos y El sabueso son ejemplos de cómo ideas comunes —la profanación de lo antiguo y sus consecuencias— desarrolladas con los mismos elementos pueden generar narraciones distintas y personales, demostrando que la inspiración no es simple repetición, sino reinterpretación y evolución.

