Hoy es día de elecciones. Otra vez.
El día en que no las haya vendrán los lamentos y los lloros.

Hoy es día de elecciones. Otra vez.
El día en que no las haya vendrán los lamentos y los lloros.

De tanto alabarlo todo, de tanta expectación artificial y tanta falta de criterio, de tanta obsesión por la novedad y por acumular y por ser lo yo más, estamos perdiendo, si es que no lo hemos hecho ya, el sentido crítico.

Hay tantas cosas por hacer y descubrir, y tenemos tan poco tiempo, que para qué malgastarlo en tonterías.

A veces nos da por mirar al suelo y regodearnos en él, en lo que hemos pisado, en la excreción y la medianía, y otras por mirar al cielo, a las nubes, y jugar con sus formas y anticiparnos a lo que está por venir.

La violencia existe, y negarlo es un sinsentido. Pero leo a gente indignada porque el arte se hace eco de ella, y pienso que no están entendiendo nada. La negación de la violencia es negar el mundo.
Los extremos son una forma de violencia.

Nos hacemos mayores y nos afectamos de nostalgia y ensalzamos cosas que dejamos atrás sin tener en cuenta que otros mañana ensalzarán y alabarán y echarán de menos eso que hoy convive con nosotros y a lo que no prestamos la debida atención porque estamos llorando lo que dejamos atrás.

Alguien me dijo un día que un ángel es aquella persona indispensable que le cambia la vida a uno de un modo único.
Los hay que eligen ser demonios.

Algún día nos extinguiremos, sí. Nos iremos todos al otro barrio.
Pero no tengamos prisa y dejémonos de tanta tontería, y hagamos mientras cosas que hagan que este tiempo que se nos ha dado merezca la pena. Que luego son todo prisas y llantos.

Lo perfecto es aburrido.
Es en la imperfección donde está la magia. En los defectos y en las taras, y en aquello que nos hace irrepetibles y mundanos.

Hace calor y se derriten las quijoteras, los cuerpos y las ideas, y las llamas afloran y arrasan con todo como si no hubiera un mañana.
